En el mundo del emprendimiento, la identidad de un individuo puede ser una espada de doble filo. A menudo, los emprendedores se definen por sus títulos: «fundador», «escritor» o «líder». Sin embargo, esta tendencia no solo afecta cómo se perciben a sí mismos, sino que también puede influir en su autoestima y motivación. El desafío se intensifica cuando estos títulos se convierten en la medida de su valía personal, haciendo que los fracasos no sean meros incidentes, sino amenazas a su identidad.
Investigaciones han demostrado que cuando una persona construye su identidad alrededor de un título, corre el riesgo de caer en un «trampa de identidad». Esto significa que un tropiezo cualquiera puede interpretarse como un fallo en el valor personal del individuo. Este fenómeno ha sido estudiado en profundidad, revelando cómo las redes sociales y la presentación propia pueden provocar que el individuo busque constantemente la validación externa, diluyendo así su enfoque en el trabajo mismo.
La trampa del ego
El filósofo Jean-Paul Sartre expresó que “el infierno son los otros”. Este concepto pone de relieve lo que ocurre cuando otros moldean nuestra percepción personal. Cuando el valor que un individuo se otorga depende de la opinión de los demás, su autoestima queda comprometida. Por ello, muchos emprendedores tienden a centrarse en las acciones realizadas con la intención de obtener reconocimientos, restando importancia al valor intrínseco de lo que hacen.
La clave reside en desplazar el enfoque desde los títulos hacia las acciones. En lugar de desear ser reconocido como un «fundador», es más beneficioso adoptar un enfoque que priorice el “hacer”. Actuar no solo genera valor, sino que también permite a los emprendedores centrarse en la resolución de problemas, sin la carga de tener que demostrar su valía a los demás.
La mentalidad del dador
Adoptar una mentalidad de «dador» puede transformar la forma en que un emprendedor se enfrenta a su trabajo. Este enfoque se basa en la idea de que la motivación por contribuir es un motor potente para la sostenibilidad de los esfuerzos individuales. En lugar de preguntarse si todavía merecen un título, los «dadores» se centran en qué pueden aportar a su entorno.
Este cambio de perspectiva no solo reduce la presión que el ego puede ejercer, sino que también enriquece la experiencia laboral. Cuando se centra en contribuir, la identidad se convierte en un movimiento continuo, donde lo que importa es el impacto que se genera, en lugar del reconocimiento que se recibe. Este enfoque también puede ser menos susceptible a la fragilidad que a menudo acompaña a los títulos, lo que permite a los emprendedores operar desde un lugar de autenticidad y propósito.
El riesgo de convertir la generosidad en rendimiento
Sin embargo, la generosidad puede convertirse en una actuación si no se maneja con cuidado. Ayudar para sentirse indispensable, mentorear para obtener admiración o sacrificar algo personal para que otros se sientan en deuda puede desnaturalizar el proceso. La autenticidad se pierde si el acto de dar se convierte en un medio para mantener un estatus.
La solución no radica en abandonar la identidad de dador, sino en definirla de manera cuidadosa. Preguntarse si una acción tiene valor intrínseco, si se actuaría de la misma manera si nadie lo supiera o si la acción se siente completa sin reconocimiento puede ayudar a restaurar el enfoque correcto hacia la generosidad.
Despegarse de las etiquetas y priorizar las acciones puede no solo liberar a los emprendedores de la presión del ego, sino también redirigir su energía hacia la creación de verdadero valor en lugar de simplemente buscar un título. En un mundo donde los fracasos pueden parecer desastrosos para la identidad, desterrar la obsesión por la imagen y centrarse en la acción puede resultar transformador y, en última instancia, más gratificante.
