En la actualidad, las empresas que se dedican a la venta, envío, fabricación o distribución de bienes físicos enfrentan una gran volatilidad en el transporte. Este fenómeno afecta a todos, independientemente de si poseen o no camiones, ya que dependen de la capacidad de carga, la fiabilidad en las entregas y los costos de transporte, los cuales deben ser predecibles y, cada vez más, más sostenibles.
En los últimos seis meses, los precios del diésel han mostrado una gran inestabilidad, lo que ha añadido más incertidumbre para los transportistas que lidian con una capacidad ajustada y costos en aumento. Por otro lado, los precios de la electricidad tienden a ser más predecibles y menos susceptibles a las fluctuaciones diarias de los mercados mundiales del petróleo, un aspecto crucial para las empresas que buscan optimizar sus presupuestos de transporte y mantener sus márgenes de ganancia.
Las proyecciones indican que los costos de los camiones eléctricos están en descenso significativo. Se espera que el precio medio baje de aproximadamente 425,000 dólares hoy, a cerca de 300,000 dólares para 2028, y menos de 230,000 dólares para 2035, gracias a la reducción de costos de las baterías y la estandarización de los vehículos. Además, en algunos estados como California, los incentivos económicos pueden hacer que los camiones eléctricos se acerquen al costo paridad con los diésel. Sin embargo, la infraestructura de carga se presenta como un desafío crítico conforme aumenta la adopción.
La importancia de la infraestructura compartida
La electrificación de las flotas comerciales se ha analizado generalmente desde una perspectiva binaria: construir cargadores en el propio depósito o depender de la infraestructura pública. Si bien ambas opciones tienen sus ventajas, limitarse solo a la carga en el depósito puede obstaculizar la electrificación de la flota. Este enfoque restringe a las operaciones a las limitaciones de espacio, cantidad de cargadores y tiempo de carga, lo que puede generar vulnerabilidades en el servicio, especialmente cuando hay variaciones en la demanda o fallos en el equipamiento.
La fragilidad de un sistema así no solo influye al transportista, sino que también afecta a los comerciantes que esperan por la capacidad de carga y a las marcas que buscan reducir sus emisiones. La industria del transporte ya conoce los beneficios de compartir activos. Por ejemplo, el envío menos que carga completa permite que múltiples empresas compartan la capacidad de remolques, reduciendo costos y mejorando la utilización. Un modelo similar aplicado a la infraestructura de carga podría ofrecer acceso compartido, reducir la duplicidad de recursos, y proporcionar una mayor flexibilidad a medida que cambian las necesidades del mercado.
Camiones que recorren más millas generan más ingresos
Los camiones eléctricos que solo cargan en el depósito pueden operar alrededor de 180 millas por día, lo cual equivale a aproximadamente 45,000 millas al año. Esto podría traducirse en unos 112,500 dólares en ingresos brutos, suponiendo una tarifa de 2.50 dólares por milla. Sin embargo, con modelos de camiones eléctricos de mayor autonomía, sería factible extender la operación a cerca de 300 millas diarias, alcanzando así 75,000 millas al año y 187,500 dólares en ingresos brutos. Después de restar los costos energéticos, el camión podría generar aproximadamente 140,000 dólares en ingresos netos, en contraste con los 90,000 dólares del modelo de carga en el depósito.
Al optimizar correctamente la carga pública, las flotas pueden aprovechar al máximo las capacidades de sus camiones, permitiendo recargas entre asignaciones y cubriendo rutas más largas. Esta flexibilidad es crucial para maximizar la utilización de los vehículos y establecer un servicio más resiliente ante cualquier eventualidad.
Perspectivas futuras de la electrificación de flotas
Las empresas que triunfen en este nuevo entorno considerarán la carga como un sistema operativo, diseñando la infraestructura alrededor de los patrones de movimiento de mercancías. Esto implica crear espacios adaptados a grandes vehículos en lugar de ajustar modelos de coches ligeros, integrando software y gestión de energía que garanticen un funcionamiento óptimo.
Si bien el cargador en el depósito servirá como base para muchas flotas, la carga pública se convertirá en un efecto de red que hará más resistente y escalable la electrificación, facilitando la operativa más allá de las rutas más simples. La próxima fase de electrificación no se ganará imponiendo un solo modelo, sino brindando alternativas que ofrezcan más flexibilidad y eficiencia en el servicio.
Patrick Macdonald-King es CEO de Greenlane.
