Desmentido: No hemos realizado ninguna cotización

Desmentido: No hemos realizado ninguna cotización

No hay duda de que España tiene recursos suficientes para sostener su sistema de pensiones. No estamos en riesgo de una quiebra inminente que deje a los jubilados sin su pensión en el corto plazo. Las alarmas sobre un sistema roto aparecen solo si se miran desde una perspectiva desinformada. La verdadera cuestión no es si podemos cubrir estas prestaciones, sino qué oportunidades estamos sacrificando al destinar una porción cada vez mayor de nuestro presupuesto a este gasto.

La Evolución del Sistema de Pensiones

El sistema actual fue diseñado bajo un esquema poblacional donde había un amplio número de trabajadores que sostenían a una pequeña cantidad de jubilados, quienes además disfrutaban de pocas años de pensión. Sin embargo, la realidad ha cambiado drásticamente. Cuatro décadas de baja natalidad y un aumento significativo en la esperanza de vida han invertido esta pirámide: ahora hay menos cotizantes para una creciente cantidad de pensionistas, quienes pueden vivir décadas después de jubilarse. Este desajuste demográfico es irreversible en el corto plazo y no podemos esperar un repunte de natalidad que lo solucione. Nos enfrentamos a un reto demográfico estructural que no se resolverá con ajustes económicos menores.

Generosidad en las Prestaciones: ¿Un Problema?

No obstante, el desafío demográfico se complementa con otro problema que agrava la situación: la forma generosa en que calculamos las prestaciones. Cuando hablamos de «generosidad», no nos referimos solo al monto de las pensiones, sino a la relación entre lo que se da y lo que cada persona ha aportado a lo largo de su vida laboral. La noción de «he cotizado, así que tengo derecho a mi pensión» se vuelve frágil si ese derecho no se corresponde con las aportaciones realizadas.

Si calculáramos las pensiones de manera más equitativa, nunca alcanzaríamos los niveles actuales. Un sistema basado en la rentabilidad actuarial debe equilibrar las contribuciones con el crecimiento económico. Si un trabajador obtiene un rendimiento de sus aportaciones mayor que el crecimiento del PIB, alguien tiene que cubrir esa brecha. En un sistema de reparto, ese “alguien” son futuros cotizantes o el contribuyente general a través de financiaciones estatales.

El sistema español, en comparación, ofrece un retorno que podría duplicar el crecimiento potencial de la economía. Esto significa que cada generación de jubilados recibe prestaciones que superan lo que han aportado, ajustado por el tiempo y el crecimiento económico. Aunque es importante reconocer que esta desigualdad afecta a todas las pensiones, el exceso de generosidad es más palpable en aquellas pensiones más altas.

La Dichosa Dicotomía

Así, un jubilado que ha cotizado adecuadamente podría recibir una pensión vitalicia cuyo valor supera sus aportaciones en más de un 60%. Este desajuste se debe, en parte, al aumento de la esperanza de vida, que genera un subsidio implícito en el sistema a medida que se prolonga el disfrute de la pensión. Además, decisiones políticas han contribuido a esta generosidad.

Nos encontramos, por lo tanto, ante una encrucijada. La combinación de una pirámide demográfica invertida y un sistema actuarial desbalanceado, especialmente en sus tramos superiores, crea una dinámica insostenible. Mantener este modelo consume una porción cada vez mayor de la riqueza nacional en transferencias hacia un grupo que, en muchos casos, no lo necesita para sobrevivir.

Una Decisión Inaplazable

La pregunta clave es: ¿moderamos la generosidad de las pensiones elevadas o renunciamos a invertir en el futuro que estas generosas prestaciones dicen garantizar? Esta decisión política no puede posponerse; es imperativo encontrar un equilibrio que permita asegurar tanto el sistema de pensiones como las oportunidades futuras de las generaciones venideras.


Manuel Hidalgo es profesor en la Universidad Pablo de Olavide y economista en EsadeEcPol.