Desafíos Habitacionales en Portugal: La Realidad de la Vivienda Más Cara de la UE

Desafíos Habitacionales en Portugal: La Realidad de la Vivienda Más Cara de la UE

La crisis de la vivienda en Portugal: Un desafío social y económico

La vivienda se ha convertido en una de las mayores brechas sociales en Portugal. En un extremo, jóvenes como Lisandra Caeiras, una coordinadora pedagógica de menos de 40 años, se ven obligados a compartir piso debido a la presión económica. Por otra parte, inversores extranjeros, como el grupo encabezado por el difunto Karl Lagerfeld, están listos para lanzar apartamentos en Lisboa que superan los seis millones de euros, a un precio desorbitado de 25.000 euros por metro cuadrado.

Según Eurostat, Portugal lidera las subidas de precios inmobiliarios en la Unión Europea, con un incremento del 17,3% en el segundo trimestre de 2025, por delante de naciones como Croacia (13,2%) y España (12,8%). Un informe reciente revela que la vivienda portuguesa es la más sobrevalorada del continente.

La transformación de Lisboa

Lisboa, que alguna vez brilló por su decadencia encantadora, es hoy un collage de fachadas de azulejos que ocultan una compleja realidad. Atrás quedaron los días en que los locales podían permitirse comprar su vivienda. La última generación, especialmente los jóvenes, enfrentan un futuro sombrío: o viven en áreas alejadas o lidian con condiciones precarias en el centro urbano. Lisandra, con 32 años, expresa su preocupación: «Un apartamento de una habitación cuesta más de 800 euros, una cifra inalcanzable con un salario de 1.200 euros. Desde hace siete años, no logro cambiar mi estilo de vida».

El panorama no es más alentador para su amiga Ana Pires, una fotógrafa que ha tenido que trabajar en Ikea y mudarse con su pareja a Portalegre, a más de 200 kilómetros de Lisboa, solo para tener un hogar seguro. «Nuestra renta en Amadora subió de 500 a 700 euros; tememos que llegue a 1.000 y nos quedemos sin hogar», comparte.

Desajuste entre salarios y precios

La crisis de vivienda en Portugal es especialmente alarmante debido a su complicada economía, marcada por salarios bajos y exorbitantes precios inmobiliarios. Con un salario medio bruto de 1.615 euros y un salario mínimo de 920 euros, los datos son desconcertantes: el precio medio del metro cuadrado superó por primera vez los 2.000 euros, alcanzando hasta 3.403 euros en el área metropolitana de Lisboa.

Adicionalmente, el análisis de la Comisión Europea revela que los precios en el sector inmobiliario están un 35% por encima de su valor real, convirtiendo a Portugal en el país más afectado por el turismo en cuanto a la vivienda se refiere. El estudio enfatiza que el incremento del turismo y las plataformas de alquiler han exacerbado la crisis, inflando precios en zonas populares.

La lucha por la identidad

En el Algarve, un 11% de las viviendas son para turismo, pero en el corazón de Lisboa, algunos barrios ya tienen más viviendas turísticas que residentes permanentes. En Santa Maria Maior, un 66,9% de las casas están destinadas a turistas, dejando a la zona con una identidad transformada, pero vacía de esencia.

Recientemente, la Cámara Municipal de Lisboa aprobó una nueva regulación para los pisos turísticos, aunque existe preocupación por que estas medidas solo trasladen el problema a otros barrios. Con un parque de viviendas públicas de apenas el 2%, la crisis habitacional ha persistido a lo largo de los años, con políticas que a menudo son revisadas o derogadas.

El nuevo Gobierno, encabezado por Luís Montenegro, busca aplicar medidas liberalizadoras y ha asignado 1.000 millones de euros para mejorar la situación de la vivienda. Sin embargo, la oposición critica que estas políticas favorecen a los propietarios y exacerban la carga para los inquilinos con salarios limitados.

Conclusión

La realidad en Portugal es clara: trabajar no garantiza un acceso digno a la vivienda. Los paisajes de chabolas están resurgiendo alrededor de las grandes ciudades, recordándonos la urgencia de soluciones efectivas en un mercado que, a menudo, favorece a los inversores por encima de los ciudadanos. Sin cambios profundos, el sueño de una vivienda accesible se desvanecerá para muchos.